II
Todos estos acontecimientos y
situaciones pasaron no hace mucho tiempo, pero ahora trataré de que mi mente
vuelva a la actualidad. No sé ni
siquiera si lo que he recordado lo he estructurado bien en mi mente y he tenido
la suficiente lucidez para engranar lo
que está sucediendo ahora mismo. Trataré de ponerme en una situación de
presente, aunque mi presente real dista
mucho de ser el de aquel momento. Pero quiero escribirlo todo y recordarlo como
si de nuevo lo estuviera viviendo, como si fuera ahora mismo, como sino
hubieran pasado algunos meses desde aquellos hechos. Necesito para vivir tener
la esperanza de que saldré de este agujero que está destruyendo cada una de mis
neuronas por instantes, por momentos, solo cuando consigo que mi mente viaje en
el tiempo y la hago creer que estoy en esa realidad, solo entonces mi cerebro
quiere volver a vivir y pensar.
El recuerdo de un beso hace que mi
ser cobre sentido y vuelvan las fuerzas y el empuje para recargar mi cuerpo y mi alma, el esbozo de una sonrisa
tersa mi enjuta cara en esos momentos que puedo calificar de divinos dentro del
infierno donde estoy presa.
Acabábamos de llegar a la base
Canaria...
La incuestionable algarabía que se
estaba viviendo en estos momentos no era “razonablemente” usual. La cantidad de
gente menos y los movimientos “raros” me
hacen suponer que algo se estaba “cociendo”, que algo que sobrepasa mis
conocimientos estaba a punto de ocurrir.
Y en eso voy a volcar toda mi atención y todo mi hacer.
Conmigo siempre viajaba un amigo
ya entrado en años, cuyas canas y arrugas denotaban una vida difícil, poco
grata o sencillamente poco feliz. Era Gorki mi “abuelo” como él mismo se
definía, con una fuerza que su extrema delgadez no parecía que fuera real. Pero
era así, con él me sentía segura y sus sabios consejos me habían aclarado mi
complicada mente en muchos momentos. Él era el que podría pasar absolutamente
desapercibido entre la multitud de gente y captar todos los rumores o noticias
que circulaban por la base. Incluso en un momento determinado podría distraer
la atención de la gente y dejar que yo me pudiera colar en alguna nave
aparentemente comercial de los Guakis. En concreto había echado el ojo a la
nave de carga más grande, la llamaban la Fénix Negra, nombre que remitía a no
muy buenos augurios.
Tantos años de cribar el espacio
habían hecho de mí alguien sigilosa, hábil, ágil en la oscuridad del terreno.
En eso estaba Gorki, armando
barullo o estaba a punto de hacerlo. Me dirigí hacia los hangares donde varias decenas de naves
reposaban hasta ser cargadas de combustible o de productos de intercambio, la
luz era apenas perceptible, en lo que se consideraba hora noctámbula y fin de
semana en la base, todo estaba en silencio y la gente reía en sus lugares de
diversión, bebían hasta la borrachera más absoluta y no era nada de extraño que
las peleas abundaran.
Pero a mí me esperaba una gran
sorpresa. En mi sigiloso caminar alguien había sido más sigilosa que yo. Entré
sin ninguna dificultad en los hangares y me dirigí con rapidez hacia la nave
nodriza, calculé donde podría estar
alguna entrada “fácil”. Iba a pasar a la acción cuando, al virar la última nave
que quedaba para llegar a mi objetivo, un brazo poderoso me retuvo y me
aprisionó, con la otra mano tapo mi boca y me volteó hacia su cara. Mi cabeza
empezó a dar vueltas, pero no porque
alguien me hubiera asustado ni dado un golpe sino por la visión que estaba ante
mí.
El corazón parecía que se iba a
salir de su lugar, un escalofrío que no llegue a definir y un calor que hizo
saltar chispas en mi cabeza, eso es lo que produjeron esos brazos, ese rostro.
¡Por la fuerza! ¡Ige!
Lo siento, -me dijo- no podía hacerlo de otra manera sin que
gritaras. Soltó su mano de mi boca y aflojó la presión de su brazo.
¿Qué haces aquí? -pregunté-,
intentando calmar mi alocado corazón.
Ayudarte. Luego te diré más.
Escueta, apenas dos palabras, como
la vez que me la presentó la Reina.
Bien, sigamos hacia la nave.
¡Maldita frialdad de esta mujer! -pensé
No se como lo sabía pero parece
como si viera a través de mi mente, sabía lo que iba ha hacer. Parece que su
lengua se soltó un poco más:
Soy experta en todo lo que
signifique ordenadores y buscadora de información dentro de las máquinas que
pueda haber ahí -dijo- señalando con la mano a la nave.
Respiré hondo y solo alcancé a
decir, - Adelante... Entendí rápidamente. Exacto, yo en máquinas estaba en las
cavernas, y ahora tenía delante de mí, la persona que “me iba a ayudar a
encontrar la información” y... ¡la que el día que vi había trastocado mi
corazón hasta tal punto que la confusión se había adueñado de mí! Quise gritar
y decírselo, pero solo pude seguirla y ocuparme de que la tranquilidad volviera
a mí.
Difícil que mi corazón volviese a
la normalidad, a su quietud y que mi mente volviera a pensar adecuadamente.
Tuve que hacerlo. No quedó otra. Solo asumir el mando de Ige. Creo que no lo
dudé, ni siquiera me molestó. Yo había pensado en alguna ocasión que si
encontraba información valiosa como narices iba a sacarla, sino sabía nada de máquinas,
supercerebros electrónicos...
En su momento se lo comenté a
Genix pero lo único que hizo fue sonreír y darme un beso en la frente. –No te
preocupes, cuando llegue el momento te inspirarás-. La había mirado incrédula
pero callé y mira por donde, ahora estaba “mi inspiración a mi lado”. Tan
próxima que su aliento y el mío casi se tocaban y eso no ayudaba a que mi mente
pensara del todo de forma clara.
No tuve mucho tiempo de pensar
más, Ige, había localizado una compuerta extremadamente estrecha pero que
podría servir, correspondía seguramente a una entrada o salida de emergencia.
Con la rapidez de un rayo, Ige trepó fácilmente hasta ella, luego me ayudo a
subir y en una especie de descansillo me “poso”. Sonreí, sus ojos se
encontraron con los míos un instante tan minúsculo que es como si no hubiera
existido pero fue. La guerrera sacó un instrumento que yo no había visto jamás,
hizo una especie de cálculo rápido y conciso y en pocos segundos la compuerta
esta abierta. No vacilé, entré, luego Ige, cerró. ¡Estábamos dentro de la nave!
Comenzó la revisión del lugar. Yo
no era tan inútil así que comencé a investigar por mi cuenta, nadie me dijo
nada así que continué como si estuviera sola y ¡maldita sea! Esa era la
sensación que tenía. Mientras la campeona de la Reina se sentaba frente a lo
que parecía el ordenador central. Yo sólo le dije una cosa: - Voy hacía la
bodega de la nave-. Bien, -respondió.
No sé que tipo de información
podría llegar a encontrar Ige en el ordenador central pero lo que mis ojos iban
a encontrar en la bodega podría asesinar a varios mundos y sin ninguna duda
toda una ciudad. Los ordenadores no eran mi especialidad pero si las naves y
sus compartimentos, quizás como antiguos castillos con pasadizos que
transportaban a escondrijos donde se guardaban secretos perdidos en el tiempo e
inconfensables hechos del pasado que bien podrían explicar el ahora. Y ese
pensamiento fue el primero que me vino a mí curtida mente al observar los
utensilios bien dispuestos y organizados que reposaban en el vientre del Fénix
Negro. Con el mayor de los cuidados, enguantadas mis manos y puestos en mis
ojos una especie de gafas capaces de escrutar dentro de cualquier cosa que
guardase algo y grabar el contenido de ello, comencé a inspeccionar. Ige me
había provisto de un comunicador para poder hablar con ella. Me habló:
Comerciante... ¿cómo vas por ahí?
¿Alguna cosa interesante?
Contesté someramente:
Lo estoy grabando. Solo disponemos
de media hora más. Estudié la costumbre de la tripulación de esta nave y no tardaran mucho en venir para dormir la
borrachera. Puede que alguno esté sereno y pueda llegar a descubrirnos y ese no
es nuestro objetivo, ¿correcto? ¡Vaya!- exclamé dentro de mí, y eso que
pretendía ser parca en palabras.
Correcto-, respondió Ige sin más.
Media hora más tarde nos
dirigíamos a mis aposentos sin levantar la mínima sospecha. Poco después recibí
una llamada de Gorki:
¿Todo bien, jefa?
Estupendo Gorki, mañana te veo en
la nave. Haz las cosas como de costumbre e intercambia la mercancía que
teníamos apalabrada. Si preguntan por mí di cualquier cosa, indisposición o
algo así. Al mediodía te veré en la nave. Tenla dispuesta para retornar a Aura.
Nos encontrábamos en mi reducido
espacio donde pernoctaba cada vez que venía a la Base.
¿Procesamos la información?-
pregunté.
No, dijo Ige. Necesitaremos mucha
tranquilidad y sumo cuidado. Lo haremos en Aura, allí disponemos de lo
necesario.
¿Te puedo preguntar algo?- me
atreví a decir cuando mi corazón volvió a conectarse a una tormenta, a un tornado,
a un volcán a punto de bullir.
Claro-, respondió mientras
observaba algún mecanismo desconocido para mí.
¿De dónde sacaste tanta
tecnología, de cuyos conocimientos no tenía ni idea y cómo llegaste hasta aquí?
¿Tecnología? Si, tienes razón,
pero eso es una larga historia, te la contará Genix, ya es hora de que sepas
muchas cosas. ¿Cómo vine? Como turista, llegue un par de días antes que tú.
¿Contestada tu pregunta?- Sonrió y me miró casi por vez primera desde nuestro
encuentro, sostuvo la mirada y mis ojos se pegaron a los suyos con tal
atracción que apenas pude desconectar de ella. ¡Una sonrisa! Me sonrojé. Mis
carrillos se hicieron brasa y algo conmovió lo más interno e íntimo de mí. La
sangre se acumuló dentro de mis labios que aumentaron de tamaño en un instante.
Si tuviera que definir ese momento diría que me había metido dentro de una
estrella y que había absorbido toda su energía.
***
El viaje transcurrió sin
sobresaltos, llegamos a Aura sin más. Genix estaba esperándonos impaciente pero
segura de las dos personas en las que más confiaba. Durante el viaje a duras
penas pude alejarme de la presencia de la mujer que había logrado quitarme el
sueño o más bien que me había hecho soñar de nuevo.
Quise interrogarle sobre todo lo
que me tenían que decir tanto Genix como ella. No me atreví. No era curiosidad
lo que yo sentía, ni impaciencia, esas no eran las palabras. Es como si lo que
esperaba oír lo supiera mi cerebro antes de que saliera palabra alguna de las
bocas de mis amigas. Ni siquiera había sentido ninguna sorpresa ante la
declaración de Ige respeto de que ya “era hora de que supiera muchas cosas”.
Ahora, cuando estaba en los
aposentos destinados para mí cada vez que estaba en la casa de Genix, recordaba
sin tapujos muchos sueños a los que perdí la pista o sencillamente arrinconé en
lo más profundo de mi mente. Pero ahora en estos días y en estos precisos
momentos llegaban con una nitidez tan
clara como el cielo de Aura. Sueños donde veía a personajes capaces de transportarse grandes distancias estelares,
medios e instrumentos técnicos y mecánicos de una belleza casi transparente. De
unas formas hermosas y con gran poder de “hacer cosas”, “de conseguir casi
milagros”. Sin duda mi mente lo había asociado a “milagros” o “imposibles”.
También había descifrado voces y
palabras por ahora incoherentes para mí, pero que no me eran del todo
desconocidas, si tuviera que describirlas dirían que me eran familiares.
Genix nos había citado a la hora
de cenar y hacia allá me dirigía una vez más, un camino que había recorrido
muchas veces y que habían supuesto hermosas noches de conversaciones profundas,
de risas sinceras y divertidas. Esta vez yo no estaba seria ni estaba
preocupada, ni intrigada. Notaba una gran fuerza interior en mí, una
tranquilidad extraña en mi comportamiento habitual.
¿Contenta? Si, esa era la verdad,
estaba alegre por varios motivos, unos de ellos era cenar con Ige, otra con
Genix, otra la toma de decisiones para desarrollar una actividad en pocos días
que me hacía sentir casi eufórica, con ganas de aventuras, de acción. Y...
otra, las malas lenguas de mis camaradas amazonas me habían contado nada más
llegar sin darme respiro, incluso me habían acompañado a la ducha, de ciertos
“secretos” que habían acontecido últimamente en la corte. ¡La Reina se había
enamorado! ¡Estaba nerviosa en presencia de cierta preciosa joven que había
llegado recientemente!
Con todos estos chismorreos llegue
tarde a la cita ya estaban tres personas sentadas a la mesa.
¿Dónde te has metido? Estoy muerta
de hambre, con lo puntual que eres y media hora me tienes contemplando la
mesa-. Genix me miró seria pero luego soltó una carcajada y apostilló...
-¿Acaso alguna dama te retine en tus aposentos?
Algo observé, fue un solo
momento. Fue un espejismo o vi a Ige volver
la cabeza hacia mí y quedarse pálida. En fin... serían figuraciones mías.
Perdona, pero necesita un largo
baño-. Mis ojos se desviaron rápidamente hacia la tercera persona que lucia
intrigada o expectante en la mesa.
Te presento a Dax. Dax, está es la
Comerciante más famosa de los confines de la galaxia.
¡En verdad que era hermosa! ¡Por
la Fuerza que Dax tenía unas facciones tiernas, inocente y suaves! Mis
camaradas amazonas me habían informado bien. Sonreí, me agache (eso es un
decir) y le planté dos besos tan primorosos y sonoros que disimularon la avidez
con que mis sentidos la estaban escrutando. Pero miré de reojo a Genix y le
alcé una ceja mientras con mis dedos expresaba el signo de la victoria.
La sonrojada Reina me lanzó una
mirada capaz de partir el grosor de varios rayos y desmaterializar al Universo.
Encantada, Dax, es un placer que
la mesa esté repleta de estupendos manjares, digo mujeres.
Hasta Ige se rió a carcajadas, la
tensión del último momento se convirtió en un momento mágico.
¡Siéntate de una vez!
Bien majestad.
La verdad, no se porque tenía tan
buen humor sabiendo la situación extrema que tenía no sólo la ciudad sino la
misma Tierra y los Planetas Conocidos.
La cena significó un poco de
relax. No entramos en ninguna conversación trascendente. Se trataba de conocer
a Dax y a mi Reina se le llenaba la boca de ella, contó como había rescatado a
Aoraki y como se la devolvieron. Y que había pedido a Dax que se quedara para
cuidar del corcel ya que había hecho muy buenas migas con la yegua.
Mi sonrisa seguía siendo un poco
burlona y me gané un puntapié por debajo de la mesa.
Dax no hablaba mucho pero si comentó cosas de su aldea, de los
bosques, de la naturaleza. Había aceptado la propuesta de la Reina de quedarse
en la ciudad porque no sólo iba a poder ver y cuidar a Aoraki sino que quería
aprender y estudiar ciertas materias que no podría hacer en la aldea.
Terminada la cena, pasamos a un lugar más cómodo. Genix nos
ofreció un trago de un licor exquisito, algo exclusivo de sus bodegas. En ese
momento la poca relajación que yo apreciaba en el rostro de Ige se eclipsó.
Bien, ahora pasamos al asunto que
nos reúne-. Ige prosiguió hablando. -En los próximos días vamos a procesar toda
la información que tenemos respecto de los pueblos del noroeste y los Guakis.
Trabajo arduo pero necesario pero antes de nada...
Comerciante ven
conmigo, necesito charlar contigo a solas.
Dirigí la mirada hacia mi Reina y
ella asintió. Pocos instantes después nos encontrábamos en el otro extremo de
la sala.
Ige dirigió sus ojos hacia los
míos. Esta vez no me sonrojé la miré profundamente, nuestras miradas se
encontraron por vez primera de forma más relajada y se dijeron muchas cosas.
En un instante ojos con ojos,
frente con frente, corazón con corazón... Mis sueños tornaron algo real,
trasladándose a cientos de miles de años atrás. Vi el nacimiento de la Tierra,
como poco a poco se fue enfriando, como seres vivos fueron adueñándose de ella.
Como aparecieron y desaparecieron especies, civilizaciones que nacieron y
murieron o, se transformaron, mucho más antiguas que la Atlante. Noté en mi
interior la sabiduría que la última gran civilización antes de la Atlante había
desarrollado. Había guardado todo el proceso de acumulación y
reflexión de todas las culturas humanas.
Esta civilización se hizo llamar a sí misma Guardiana de la Sabiduría. Creó para ello una gran Hermandad que
debía vigilar y custodiar ese saber a lo largo del tiempo y el espacio. Caerían
civilizaciones, se transformaría el planeta. Nacerían nuevas tierras, nuevos
mares, el aire se tornaría diferente, los humanos evolucionarían física y
mentalmente. Pero la Hermandad debería seguir viva e ir seleccionando a sus
miembros a lo largo de hecatombes y cataclismos o períodos donde la paz y la
convivencia reinara en la Tierra.
Me sentía hipnotizada, no oí ni
por un momento palabra alguna de Ige pero supe todo lo que me quería contar,
ahora entendía mis sueños, mis visiones, mi propio desarrollo personal.
Finalmente me comentó ya con palabras:
Comerciante mi nombre es Ige y
significa “la que vigila”, “la que es”... Algo así como la que tiene el deber
de velar porque esos conocimientos se mantengan y sean capaces de ayudar a la humanidad en todas sus crisis. No
somos más de 25 guardianas / es pero hoy te selecciono a ti. Tú formas parte de
algo que se concibió hace mucho tiempo pero esa es otra explicación.
Me encontraba algo atontada, torné
a la realidad cuando la suave mano de Ige cogió la mía y nos dirigimos hacia donde habíamos dejado a
Dax y Genix que se miraban sin percatarse de nuestra vuelta.
Ejes... -pude articular para
llamar la atención de la pareja.
Con un pequeño sobresalto y no sin cierto sonrojo, Genix y Dax se
acercaron a mí, mi Reina me besó en la mejilla y recibí un abrazo de Dax. Creo
que notaron como temblaba, mejor dicho ahora ya sentada, eran escalofríos los
que recorrían todo mi cuerpo desde la punta del pelo hasta mis dedos. Solo
tenía ganas de llorar y lloré. En ese momento Ige me hizo levantar de nuevo y
con sus brazos poderosos me abrazó compacta y tiernamente. Metí mi cabeza entre
su pecho y lloré, lloré...
Una semana después de esta cena mi
corazón y mis sentimientos se habían calmado de alguna forma, analizando con
detalle todo lo que había descubierto y
se me había comunicado.
Diré que durantes esos pocos días
que discurrieron solo se me dijo que disponíamos como de tres meses de
tranquilidad para preparar la acción que se encaminaría hacia el
desmantelamiento del ataque que la Tierra, que ahora estaba en paz, iba a sufrir.
Apenas volví a ver a Ige aunque mi
corazón estaba esperando verla, intuía que cuando la viera de nuevo algo iba a
suceder con nosotras. Algo que mi mente estaba esperando y que el deseo me
hacía pensar en tonterías que no tenían ninguna explicación aunque yo creía que
algo de base si había. Por lo menos pensaba que yo a Ige no le era del todo
indiferente, por supuesto de la forma que yo la quería. Si, yo amaba a Ige como
nunca antes había sentido, como nunca antes mi más recóndito interior me había
mostrado. Deseaba su presencia y quería sentir su cuerpo junto al mío, amarla y
satisfacerla. Masajear su cuerpo para que cada una de sus células vivieran
llenas de amor.
Anoche tuve un sueño y puedo
contarlo:
En el silencio de la
noche llegue cansada. La oscuridad había llegado sin apenas haberla percibido. Un día
complicado, duro, caluroso. Y, ahora en la noche, refrescaba el ambiente. En mí
había cierto sentimentalismo y nostalgia.
El color negro abundaba. El firmamento, despejado, dejaba que brillaran miles
de estrellas. Mire y quise coger una, solo una. Mi mente pudo arrastrarla a mis
manos. Sentí un suave silbido detrás de mí. No me puse tensa. Sabía e intuía
quien era, aunque la enorme distancia que me separaba podría haber hecho pensar
a cualquiera que estaba loca. Yo sabia
que no era así, detrás de mí
estaba el alma de la persona que dejé atrás, hace algún tiempo, en otras
tierras, altas, trepidantes, nobles, peligrosas. El silbido me hizo cambiar el
lugar de mirada. Miré en sentido contrario. Una estrella se acercaba despacio,
silenciosa, brillando cada vez mas, y mi alma estaba tranquila, no, nada de
miedo. Venia para meterse dentro de mi corazón, de mi mente, dentro de mí.
La luminosidad del astro era
extrema, a la vez que suave, ¿era posible que pudiera sentir cierta ternura en
su luz? ¡Joder! Me estaba volviendo loca o sencillamente era que el calor del
día había consumido mis neuronas. Sonreí. Mujer, que imaginación tienes, me
expliqué a mí misma.
Un cierto sabor a dulce me
embargó, mi saliva se tornó suave, como una caricia sencilla y penetrante. Los
ojos, quería seguir teniéndolos abiertos, y de un empellón me levanté,
sacudiendo mi cabeza, mis brazos, dando saltos, casi nada.
Comencé una actividad frenética,
casi insultante después del ajetreado día que había tenido, pero como por arte
de magia el cansancio desapareció. Monté la tienda como pude, una vez más, no
del todo bien, me reí de mi misma al pensar la de veces que observé a la
persona que amaba montarla y nunca aprendí del todo. Pero, bueno, podía pasar.
Encendí el hornillo poco después y
preparé un poco de pasta para cenar, algo rápido con mucho queso, y luego unas
galletas. Me apetecía un café, calenté agua y quise hacerlo como siempre me
había gustado: “de puchero”. Es decir, antes de que empiece a hervir el agua
dos cucharadas de café molido y bajar el ritmo del fuego, dejando que se forme
crema y luego retirarlo antes de que suba, al igual que la leche. Dejarlo
reposar unos diez minutos y ummmmmmm, rico, rico.
Tenía frío, me metí en la tienda y
encendí la linterna, la colgué, su luz proyectaba alguna que otra sombra, mis
ojos se fijaron en un solo punto y... No sé si perdí la conciencia o mi mente
comenzó a ver imágenes tan claras como el café que llevé a mi boca. Pero no fue
el café el que bebí, unos labios húmedos me besaron. No vi rostro alguno, solo
el penetrar de una lengua totalmente familiar, mis labios entreabiertos la
recibieron con deseo. Con el deseo
acumulado en los últimos meses, casi una obsesión por tener esa lengua dentro
de mí.
En un lento movimiento y bajo la
presión de unos labios exquisitos, la amplitud de mi boca aumentó. El contagio
de la pasión hizo en mi su trabajo, el balancear, el caminar, lento pero
seguro, la lengua amada fue dando forma a mis deseos más ocultos.
Unas manos poderosas voltearon mi
cuerpo y quitaron mi blusa, mi espalda fue tomada con la más tierna presión de
sus dedos, fuertes, densos, dibujando sobre mí, cosas incontestables, secretos
perdidos en el tiempo, secretos que mi piel supo interpretar, respondiendo con
lujuriosa forma, con lujuriosa posición, con el sentido del deseo más real, y a
la vez, más abstracto. Quería ser
poseída.
No, mis ojos se negaban a abrirse,
no era necesario. El olor, el sabor, la textura de sus manos, yo sabía quien era. Notaba como la
anterior frialdad de mi piel, se convertía en puro fuego, mis pezones se
mostraban erectos a la noche. Mi entrepierna tenía los síntomas de la más ardua
fiebre de deseo contenida durante los últimos meses.
Mientras, su boca tomó mi cuello,
sus manos sujetaban mi cuerpo, notaba como sus pezones rozaban la piel del mío,
como su sexo se apoyaba sutilmente en mis glúteos y comenzaba un leve
movimiento.
La excitación ya había comenzado
algunos minutos atrás, pero ese suave movimiento colocó mi corazón a un extremo
de latir que bien pudiera compararse con el nacimiento del Universo.
No quería ver ninguna imagen, solo
sentir cada caricia, insultante en su placer, miles de años contemplaban, sin
ver, la más ardua sabiduría. Con la fuerza que da un segundo me vi, de nuevo,
volteada, ahora, toda la inmensidad de su cuerpo reposaba sobre el mío,
buscando, notaba su humedad, sus pezones duros e imaginaba su color denso,
oscuro, aguerrido. Mis labios con solo imaginarlo, se endurecieron, la sangre
se acumuló en ellos y la abertura se acrecentó, hubo respuesta inmediata, otros
labios sedientos de mi fluido se abrieron camino. Ahora, no fue tan suave,
quizás la pasión desbordaba cualquier razón humana y...
Solo yo podía notar hasta que
extremo el movimiento se tornó huracán. Unas sabias manos se dirigieron a mis
pechos, pellizcaron, amasaron, caldearon, dotando de placer cada instante,
donde el tiempo no fue tiempo.
Quería esperar hasta meterme en su
aliento, hasta prodigar que fuera capaz de que su sexo alcanzará el diámetro
más perfecto, para que sobre mi cuerpo descargara todo pensamiento, todo
sentimiento, toda dulzura, toda pasión, estrellando su fluido sobre mí.
Sus labios se retiraron de los
míos, ágilmente, como si de un simple salto se tratara, trazó una cuerda con su
lengua por el resto de mi cuerpo. Estaba atada, queriéndolo, estaba explotando
y naciendo.
Esperó, esperó y, solo un tiempo
después, su boca se abalanzó en un instante sobre mi sexo, lo lamió, lo besó,
lo quemó dentro de su boca, lo tomó, buscando finalmente la tersura e
inequívoca sensación de mi clítoris, y sin prisas, como el ritmo que marcan las
esferas del reloj, pero presionando, haciendo círculos, acurrucando su lengua
de un lado a otro de mi sexo, esperó, esperó, hasta que en una explosión sin
espacio ni tiempo todo mi cuerpo ardió en un fuego que se me antojó eterno.
Abrí los ojos y busqué una
posición más cómoda para comenzar mi propio baile con la persona que amaba. Mis
manos quisieron buscar su boca, pero. ¡OH Dios! Allí solo me encontraba yo, mis
ojos se abrieron de par en par, el asombro asomó a mi mente y ¡por todos los
hacedores de universos! Mi cuerpo estaba desnudo, con la ropa desordenada, el
saco de dormir, entreabierto, y la taza de café reposaba, un poco más allá, estaba
llena, ni un solo sorbo habían tomado mis labios. Toque, estaba frío, muy frío,
e instintivamente conduje mis manos hacia mi cuerpo que estaba en plena
explosión, mientras que mi entrepierna delataba las contracciones todavía
fuertes que envolvían mi ego. Pero..., no
había nadie más.
Instintivamente me vestí, calcé y
salí afuera. La noche, había caído, tremenda, fría, como es la montaña, severa
en sus luces estrelladas, fijé mi mirada en un punto que se alejaba despacio,
como es una respiración tranquila, serena.
Sin dejar de mirar, noté como mi
corazón se tranquilizaba por momentos, como mis sentidos se envolvían con aquel
punto de luz. Mi boca no podía expresar nada, solo sentimientos con un solo
nombre. Solo eso podía hablar.
El ligero sabor a dulce me hizo
volver al interior de la tienda, reposada, segura, calmada, en un sin saber que
si sabía, mi alma se unió a otra alma, a ese alma que ama con la intensidad que
solo puede establecer una sola palabra, AMOR. Esa alma, capaz de cruzar los
caminos más prohibidos para cualquier cuerpo humano. Pero, que no sé si en
sueños, o esos sueños son realidad, una realidad tangible, solo sé que yo sé
que creo en ello, y en la persona que
amo.
El sueño se remontaba a varios
miles de años atrás cuando la Tierra estaba dominada por la era del
imperialismo económico y social. Dónde se hablaba de globalización económica,
pero no era una globalización en el ámbito de derechos sociales para todos. Las
diferencias sociales entre los más ricos y más pobres cada vez eran más
abismales. Se iba a producir pronto un cambio que afectaría al interior de
todas las personas que hubieran despertado de su letargo de ignorancia y habían
marcado su propio camino interior hacia la reflexión y el cambio, la
transmutación de algo más que el simple hecho del placer económico o la
posesión, el egoísmo o los juicios hacia otras personas. El rencor debía
desaparecer de la faz de la tierra.
Muchos de los habitantes
terrestres cambiarían, otros sencillamente desaparecerían. La sabía naturaleza de
este planeta iba a responder a toda la irresponsabilidad y errores humanos a lo
largo de ya demasiados milenios. Pero como siempre sucede en el Universo, unos
sucumben y se destruyen, otros evolucionan hacía el más alto sentido del Amor,
pero ese Amor sin condiciones, sin ataduras, un Amor que engloba todas las
formas de Amor.
Era otro de mis sueños pero ahora
casi sabía interpretarlo. Me costaba enlazar unas cosas y otras. Me vi a mi
misma, en otro cuerpo, con un alma y mente menos evolucionada que ahora pero me
estoy dando cuenta de que ahora, en estos momentos, cuando decidí morir o
cambiar, cuando decidí dejar mi lado oscuro de lado, ahora soy consciente de
que todavía me quedan muchas cosas donde tener que meter la tijera y cortar con
todo ese tipo de cosas que mis pesadillas me traen a esta vida una y mil veces.
¿Acaso no he roto con el pasado todavía? ¿Acaso aquello que yo creía superado
aún ronda por mi destino actual? Creo que es así y hasta que no analice con
detenimiento y sea consciente de esos fallos y errores del pasado que me
atormentan no daré por finiquitado mi lado oscuro.
Perdonen que manifieste mis
propias reflexiones pero si quiero entender el enlace de otras vidas pasadas
con los acontecimientos actuales no me queda más remedio que escribirlo, que
introducirme en lo más profundo de mí y
solucionar de una vez para siempre mis pesadillas que han y siguen recorriendo
parte de mis noches.
¿Por qué pienso en los brazos de
Ige en estos momentos, en sus labios diciéndome “estoy contigo?” ¿Acaso
necesito de su ternura y de su ayuda para penetrar en mi lado oscuro y hacerlo
luz?
Creo que es así y eso tiene una
explicación: Ige y yo probablemente hemos pasado muchas vidas juntas pero ahora
puede que empecemos a ser conscientes de nuestras propias identidades.