III
Poco después
estuve con mi Reina que me aclaró ciertas cosas:
Estoy muy
enamorada amiga mía.
No hace falta
que lo digas querida Reina de Corazones. Tus ojos y tu sonrisa hablan por sí
solos-. ¿Eres correspondida?
No lo sé
-apostilló Genix-. Además... ¡es tan joven! Me da miedo solo pensar el poder
hacerle daño y no se si ella está definida en su opción sexual. Apenas acaba de
salir de su aldea y debe haber dejado hace unos meses de jugar.
Esta era la
conversación inicial que mantuvimos, vi a Genix con cierta pesadumbre pero su
semblante era la expresión de la esperanza, de la vida, de la ilusión que se
marcaba por vez primera en su vida. La Reina había tenido relaciones sentimentales en su ya larga
existencia, pero de corta y efímera relación. El amor no había llamado jamás a
su puerta, ahora si. Su corazón se había exaltado de tal forma que le costaba
concentrarse en los demás asuntos que su cargo requerían y la difícil situación
por la que estaba pasando la ciudad. Quizás estaba presurosa por ello y tenía
ganas de aclarar lo que le deparaba el siguiente día. Comprendía su situación y
la escuché con toda mi atención, traté de ser lo más coherente que pude en mi
apreciación del momento que tan intensamente estábamos viviendo las cuatro. Sí
las cuatro: Dax, Genix, Ige y yo. Corazones solitarios que ahora hervían en un
cúmulo de sensaciones y pasiones encontradas. Vidas paralelas que el destino
había querido unir. Si hubiera habido mil años luz, el encuentro de estas almas
habría ocurrido de una u otra forma.
No hice
ningún chiste malo esta vez, entendía lo que me quería decir. Diez años de
diferencia entre la una y la otra podían ser muchos o pocos, pero Genix tenía
la idea de que Dax tenía poca experiencia de la vida fuera de la aldea. Quería
respetar a Dax y sobre todo no perderla.
Lo único que
puedo decirte es que no le eres indiferente -le respondí-. Sus ojos la delatan
igual que a ti. Utiliza tu sensibilidad y habla poco a poco con ella.
Genix se
quedó pensativa y algo triste. Sabía que amaba a Dax pero no quería imponerle
nada, quería que el transcurso del tiempo fuera el que diera sus frutos.
Bien, así
será, -dijo Genix con cara de preocupación y continuó- dejaré que el tiempo
decida.
***
A Dax le
salieron del corazón, palabras de amor hacia mi Reina, sin tapujos, con la
inocencia de su edad y la pasión que ello puede conllevar. La juventud...
primorosa juventud que es capaz de ser tan locuaz y tan poco maliciosa. Sucedió
de esta manera.
Como cada
noche desde que se conocieron, Dax y Genix estaban sentadas en la misma mesa.
Al terminar de cenar se ponían cómodas en un sensual sofá. Hablaban hasta bien
entrada la madrugada. Aquella vez Genix notó cierta inquietud en la muchacha y
así le dijo:
¿Qué te pasa
Dax te noto nerviosa?
Si -dijo
Dax-. Tengo que confesarte algo, y por favor si no es, dímelo y trataremos de
seguir siendo amigas.
¿Tan grave
es? -preguntó la Reina alzando su ceja en un movimiento reflejo.
No es que sea
grave. Es una situación sencilla y complicada. Pero lo vas a saber ahora
mismo-. Apostilló Dax.
El
nerviosismo entró en Genix: el corazón le latía como si quisiera echar a
correr, sus venas se hincharon, su sangre empezó a cabalgar tan rápidamente
como su yegua Aoraki. Quiso mirar de frente a Dax y le costó. Quiso decir
alguna palabra y se le olvidó hasta como abrir la boca. Genix solo asintió con
la cabeza y acertó a decir,
Adelante.
La noche se
cerró totalmente. La luna, con un blanco esplendoroso, con una luminosidad
anaranjada, se posaba en las montañas que desde aquel lugar se contemplaba.
Dax empujó
suavemente a Genix hacia el gran y hermoso ventanal del aposento. La altura de
la chiquilla se impuso sobre el cuerpo de mi Reina transmitiéndole quietud. La
mujer mayor comenzó a relajarse como si supiera que palabras iban a salir de la
boca de su amada. Con una seguridad pasmosa, Dax cogió el mentón de Genix y la
hizo virar hacia sus ojos. Frente a frente, mujer contra mujer, juventud y
madurez, sensibilidad y pasión. Ojos con ojos. Corazón con corazón.
Dax comenzó a
decir:
Mi valiente
Reina, llevo aquí poco tiempo pero el suficiente para saber como me observas,
como me miras, como buscas mi presencia. Te gusta tenerme a tu lado. Soy
observadora, callada a veces, otras locuaz, pero observadora sobre todo. TE AMO
GENIX, Reina de la ciudad de Aura. La persona que ha logrado hacer que sienta
sensaciones que..., es decir, has hecho que pase de adolescente a mujer. Sí, mi
Reina has conquistado mi corazón y mi alma, mis sentimientos y mis deseos. Si,
TE DESEO mujer.
Con los ojos
abiertos y la mente paralizada, casi confundida y sin esperar tan terminantes
palabras Genix no dejó de mirar a los ojos de Dax. Dax solo tenía ojos para
mirar los de Genix. Genix solo acertó a cerrar sus ojos y esperar el beso
ansiado. Tan suave como una pluma, Dax se aproximó con la certeza de querer
esos labios con los que había soñado desde la primera noche que conoció a la
Reina. A la vez que un roce, un escalofrío recorrió el cuerpo de la Reina. Un
beso suave al principio, pero los labios se abrieron buscando algo más, algo
más húmedo, más sabroso, más profundo...
***
Genix me
había contado que tuvo un sueño:
Vivía otra
época, otras costumbres, otras formas de vivir y pensar. Un lugar muy atrás en
el tiempo. Tan lejos de la actual época que se preguntaba porque le era el
sueño tan familiar y porque lo recordaba tan intensamente como si lo hubiera
vivido.
Se encontraba
en una playa tumbada junto a una hermosa mujer, hablaban, soñaban, se conocían.
Hacía poco que se había venido a vivir con ella, a su casa y a su país. La
mujer debía de ser extranjera. El sueño no le había mostrado como se habían
conocido.
Intuía que
amaba a la persona que le mostraba el sueño, por su forma de mirarla, por su
manera un poco celosa de comportarse, por el afán de protegerla y abrigarla
cuando venía una ráfaga de viento tan característico de su tierra.
De vez en
cuando se acercaba disimuladamente, la cogía de la mano, le acariciaba el pelo,
le sonreía y jugaba a provocar situaciones donde el juego amoroso y sensual se
adhería a sus cuerpos tal como se pegaba la arena de la playa cuando estaba
húmeda. Jugaban a correr dentro de la agua, se salpicaban con las olas. Se
mostraban sedientas la una de la otra cual amor se profesaban.
Tenía que ser
una época en la que no estaba permitido el amor entre dos mujeres, ó donde
estaba por lo menos mal visto. Intuía que las leyes no discriminaban pero si la
sociedad.
El cuerpo de
la joven que tenía a su lado cuando ya reposaban en la cama grande de su
habitación, cuando, cansadas del día estiraban sus tullidos cuerpos en ella, le
era tan familiar, tan exquisitamente envolvente que es como si lo conociera en
su época actual. Nada le era extraño. Es como si la esencia de esa mujer la
hubiera guiado durante miles de vidas y existencias.
En esa
existencia, el sueño le mostró el sufrimiento que habían experimentado ambas en
el duro, durísimo camino que habían recorrido hasta que la mujer extranjera se
pudo quedar definitivamente a su lado. La no aceptación de los padres, la
incomprensión de una sociedad hecha a imagen de la pareja heterosexual, la
distancia que las separaba. Continentes y culturas, formas difíciles de
engranar, pero que con cierta dificultad habían sabido acoplar. Problemas que,
con el amor y la confianza que se tenían, pudieron sobrellevar y superar.
Ahora se
miraban sin contratiempos, sin nadie a quien dar explicaciones, fuera de la
mirada insidiosa de gentes extrañas y poco tolerantes. Se habían prometido amor
eterno, habían unido sus almas para toda la eternidad.
Días después
de que Genix me contase ese sueño, sabría que lo soñado era verdad. Amor
eterno, confianza total. Supo que vendrían varias vidas más, quizás solo
algunas más y al final ningún cuerpo podría separarlas ya.
***
Esto son mis
pensamientos dentro de este agujero en el que encuentro metida, presa de unos
seres indeseables que van a despojarme de mi vida. Mañana al amanecer seré
colgada como una simple criminal, mi cuerpo se balanceará cual mil demonios lo
empujasen hacia el infierno. ¿Acaso este será el final de mi cuerpo? ¿Será el
paso a otra vida? ¿Supondrá la expiración de todos mis errores cometidos en las
diferentes etapas de mi evolución? ¿Me dará tiempo ha hacer una reflexión de mi
lado oscuro?
No sé la
respuesta, ni sé si habré pagado todos mis karmas del pasado. Lo único que sé
es que ahora, precisamente ahora, no quiero morir. Ahora que amo, en este
momento que cada poro de mi piel es capaz de dar amor sin necesidad de querer
recibir nada a cambio. Ahora que sé el significado de tantas cosas. En el
instante que por vez primera me besó Ige supe el significado de la eternidad.
No, no era el momento de morir.
Si, porque
ésta que se llama a sí misma La Comerciante, ha caído prisionera, hará como quince
días. ¿Su captor?, el jefe del ejército que tiene asolada a la Tierra, Viscon.
El líder que ha sido capaz de aglutinar a la más baja escoria que dieron los
tiempos, capaz de destruir lo más sagrado del alma humana, había urdido un plan
ambicioso y cruel. Por ahora indiscutiblemente era el triunfador.
Sumida de
nuevo en un medio sueño, mis pensamientos y recuerdos cabalgaban de nuevo hacia
un pasado no muy lejano. No habían transcurrido más de tres meses desde que me
ocurriera lo más hermoso que me pasó en esta vida.
La ciudad de
Aura tenía unos alrededores hermosos, lagos, montañas y valles rodeaban la
hermosa capital del reino.
Para mí era
una debilidad el pasear o adentrarme a pie o a caballo en las profundidades de
la montaña. No era gran experta pero sí lo suficiente para defenderme entre las
rocas y el paisaje salvaje y brutal que se abrían a mis ojos. El aire, el
cielo, el color, los grandes árboles, todo en majestuoso equilibrio hacían que
cuando mi mente estaba espesa y mis sentimientos a punto de hacer alguna
locura, buscara presurosa ese entorno para equilibrar mí atormentado interior.
Trataba de
volver a practicar las artes marciales, tan antiguas como los guerreros
humanos. Meditar, integrarse dentro de una misma, concentrarme en las ideas,
ordenarlas.
Ahora, no es
que estuviera confundida en mis sentimientos o desequilibrada de alguna forma.
No, era algo que me estaba ocurriendo y que tenía que sopesar y tratar de
alejarme de la persona por la que mi corazón era capaz de cometer una estupidez.
La
Comerciante se había enamorado. Eso es lo que me pasaba. De confusión nada, de
desequilibrio nada, solo el fastidio de no saber a que me enfrentaba. Y
precisamente me tenía que ir a enamorar, a perder el sentido, por la persona
más difícil de enamorar del mundo, de Ige. Una mujer tan solitaria que casi
rayaba la frialdad, o esa era la impresión que me daba a mí. Tan metida en su
papel de Guardiana de la Sabiduría
que no sé hasta que punto tenía sensaciones hacia otra cosa que no fuera su
Deber.
Caminé varios
días hacia el lugar más solitario que se podía encontrar. Sabía que al final de
ese difícil y bellísimo camino se encontraba un refugio, lugar que pocas veces
estaba habitado, aunque no le faltaba lo imprescindible para socorrer a algún
loco o loca que como yo se adentraba en tal paraíso.
Le dije a
Genix que necesitaba separarme unos días de Ige o mi corazón corría el peligro
de reventar. La muy bruja sonrió maliciosamente y me dio un irónico beso de
despedida. Sólo me recordó que me fuera no más de una semana pues había
sospechas que los Guakis y el ejército mandado por Viscon atacarían en breve.
La defensa de la ciudad y de las tierras libres se había preparado en secreto.
Los demás planetas afines a la Tierra estaban en alerta máxima. La Tierra una
vez más iba a ser objeto de una invasión, de un ataque, humanos contra humanos
nuevamente. Pero ahora vayamos camino al refugio, hacia la profundidad de la
montaña, dónde la libertad y la pasión se pueden llegar a encontrar.
Estaba en
buena forma, los últimos acontecimientos habían hecho que procurase una
preparación física acorde a lo que se esperaba de mí. Así que esta subida a la
montaña, atravesándola, recorriendo cada una de sus piedras, acercándome a su
vientre más profundo, a su valle más escondido, significaba terminar con mi
acondicionamiento físico. Caminé más de cinco horas, ahora en un recodo y
aprovechando una suavidad en la pendiente descargué la mochila y me instalé lo
mejor que pude ante un sudor que ya era muy evidente, el esfuerzo había sido
meritorio. No me sentía cansada pero sí extraña por la soledad que en los
últimos tiempos no había tenido tiempo de disfrutar. Hasta el silencio me era
insólito. En ese momento mágico cuando el mediodía está en todo lo alto y,
mientras preparaba la comida que llevaría a mi lavado estómago, mis
pensamientos volvían una vez más a lo que últimamente había sido para mis ojos,
la visión única y exclusiva de Ige. La obsesión era muy evidente. La sensación
de que solo existía Ige y de que soy idiota, también es incuestionable.
Que bien
sienta una comida en la montaña, arriba en lo alto donde no todo el mundo es
capaz de subir o no quiere molestarse en sudar lo suficiente para disfrutar de
esos parajes, de esos valles y arroyos, de escarpadas pendientes y a la vez, de
paisajes que la retina humana disfruta como nadie.
Volví a
cargar la mochila y continué el camino ya más suave, habían sido poco más de
cinco horas de subida y ahora todo se calmaba. Descansada, alimentada y con
bellos paisajes a la vista, la tarde resultaba prometedora. Tres horas después
busqué un lugar apaciguado, sin pendiente y a cobijo de posibles vientos,
aunque no parecía que estos fueran a soplar. Quería acampar temprano, no
soportaba que la noche en la montaña se me echara encima, gustaba de contemplar
el cielo lleno de pequeñas luces y dar rienda a mi imaginación. Placer de una
persona solitaria pero que estaba acompañada de miles de puntitos brillantes,
el corazón me latía apresuradamente y no sabía porqué.
En menos de
media hora tenia la carpa montada y lista para ser utilizada, ahora me tocaba
encender el fuego para prepararme algo caliente de beber. No, la cena todavía
no, era pronto. La noche, hermosa y plácida, tranquila sin vientos, apenas una
suave brisa aterciopelaba mi rostro.
Comencé a
leer algo que me era sumamente antiguo, Ige me lo había dado y me había dicho:
“Vete a algún lugar donde puedas estar tranquila, que cada línea que leas la
asimiles, que cada trozo de este libro lo metas dentro de ti, medita, piensa, instrúyete.”
La noche se
cerraba rápidamente a mí alrededor y casi no fui consciente de ello hasta que
la luz dejó de alumbrar mis ya cansados ojos. Más de hora y media había
transcurrido desde que comencé a leer el libro,
contaba una historia desde más allá del comienzo de los tiempos, mucho
más allá de que el planeta Tierra existiera. Explicaba hasta donde la
comprensión humana era capaz de entender, ahora ese conocimiento se me estaba
dando, aunque ya Ige, a través de sus ojos y su mente, me había transmitido
todo lo que ella sabía.
Encendí la
linterna y dispuse el calentador para cocinar algo. Ahora si me apremiaba el
hambre.
¿Hay algo de
cena para mí? -oí una voz que me era familiar. El susto fue tremendo y todos
mis sentidos se pusieron en guardia, mi cuerpo se tensó y miré hacia donde
había escuchado la voz. Muy próxima y contundente la figura se alzó ante mí.
Esto pasó en apenas décimas de segundo.
Ige sonrió.
¿Cómo me
entras así, Ige? Me has dado un susto de muerte y he podido hacer una burrada
con mi espada-. Siguió sonriendo y emitió unas pocas palabras.
¿Seguro que
me harías algo? ¿Acaso no recuerdas que soy la Campeona de la Reina y que he
previsto tus movimientos con antelación?
Vale, Ige. No
más. ¿Qué te trae por aquí, me has seguido, has venido y el encuentro ha sido
casual? Creía que iba a estar sola, tu misma me recomendaste que viniera a un
lugar solitario y leyese el libro que me prestaste.
No, no ha
sido un encuentro casual, vine porque sabía que vendrías aquí y quiero
hablarte, decirte cosas que quizás con gente no sabría decirte o en un ambiente
pre-bélico. Esto es un paraíso y el lugar donde mejor soy capaz de expresar mis
sentimientos.
Me puse
absolutamente roja. Mi corazón no quiso latir o latía tan fuerte y rápidamente
que mis oídos no captaban su ritmo. ¿Sus
sentimientos? ¿Eso es lo que había dicho? Vaya, Ige tenía sentimientos y no
sólo honor y deber. Sorpresa, bueno en realidad no era sorpresa, ya sabía que
esa mujer era capaz de sentir muchas más cosas de las que expresaba, pero
indudablemente de forma diferente a lo que convencionalmente las personas somos
capaces de dar rienda suelta. ¡Ige tenía que ser! Todo un enigma indescifrable
que mi corazón y mente se empeñaban en captar.
Se acercó
hacia mí, sigilosa, felina, suave, me empujó levemente hacia el fuego y volvió
a articular varias frases seguidas:
Comerciante
tengo algo que decirte y que pienso que sabes. No se trata de nuestra misión
como Guardianes de la Sabiduría. Es algo que nos acontece a las dos. Y son nuestros
sentimientos. Te podrás imaginar cuanto me habrá costado decidirme a contarte
lo que mis ojos ya te han expresado en varias ocasiones.
Ahora cesó en
su discurso. Silencio, sentadas la una frente a la otra, muy próximas, tan
cerca que podía sentir su respiración y su calor. Quizás algo de rubor había en
su rostro ahora relajado. Como por arte de magia se aproximó más a mí. Yo no
retire ni un milímetro de mi cuerpo. Y...
Tengo la
seguridad de que tus sentimientos y los míos están encontrados, son los mismos
y voy a dar un paso que jamás di. Comerciante, TE AMO. Estoy por ti-. Dijo muy
bajito Ige.
¿Pueden
imaginarse cuando tocan las campanas anunciando la alegría de la primavera,
cuando la luz de los caminos se hace brillante y actúan las hormonas en los
seres humanos? Puede que esa sea la descripción más rara que nunca hice. Pero
así me sentía. Sintiendo al máximo, pero mi mente se resistía a asimilar esas
palabras. Pero era así. Ige había dicho más de dos palabras seguidas para decir “Te Amo Comerciante”.
Apenas podía
pensar. Si en alguna ocasión me quedé muda fue esa, si en algún momento de mi
existencia mi corazón fue totalmente puro y bello fue esa. Si en otras vidas
fui feliz en esta ocasión había llegado al clímax.
Se aproximó
algo más, si es que cabía esa posibilidad. No dije nada, solo esperaba que sus
labios tomaran los míos. Apenas fue un roce en un primer momento. La adrenalina
se desparramaba por la sangre. Si, la adrenalina de las dos y ese roce pasó a
algo más fuerte... ¿pasión?... podía ser, ¿mucho tiempo deseando y no haciendo?
Fuera lo que fuera había nacido y se había concretado el amor.
El amor había
llamado por vez primera a mi puerta, el amor con mayúsculas, el amor de verdad.
No aventuras diversas. Cuerpo y mente sumidos en algo más que un simple deseo
carnal. Unión más allá de la existencia del tiempo y del espacio. Miles de años
se unían y se reconocían.
***
Anatolia
había huido apresuradamente del palacio real. Controlada y vigilada como
estaba, su marcha había significado la máxima alerta en la ciudad-estado. La
información que se llevaba Anatolia era que la ciudad se había preparado para
una eventual invasión, es decir estrategia para la defensa.
Anatolia
llegó al campamento donde se encontraba Viscon y transmitió a su líder las
últimas noticias sobre la ciudad. Comentó
los movimientos de las tropas enemigas, que Ige y la Comerciante estaban
al mando de las tropas de defensa de la ciudad y que “la falsa información
transmitida por ella” había sido creída por parte del ejército comandado por la
Dama Primera.
Con todo
ello, Viscon propuso con urgencia una reunión con los Guakis. En esta reunión
estaban presentes: Viscon y Anatolia, dos de sus generales y, por parte de los
Guakis, su líder Verdi y dos de sus generales. La alta representación de las
tropas invasoras ultimaban el plan de ataque.
Los Guakis se
encargarían de lanzar desde el aire los rayos paralizantes. No habría
destrucción de la ciudad, querían ser dueños y señores de una bella ciudad cuya
dominación sería un aviso incuestionable de los nuevos reyes de la ciudad y
próximamente de la Nueva Tierra. Esta vez parecía que querían demostrar que no
eran bárbaros.
Durante
decenas de años habían estado preparándose para volver a ser el pueblo
dominante e invasor de centurias pasadas. Pero habían aprendido la lección y la
destrucción por la destrucción podría dar lugar a que la Fuerza del Universo
volviera a intervenir condenándolos nuevamente, a años de oscura
indeterminación como pueblo y quizás, como castigo esta vez fueran aniquilados
definitivamente de la faz del Universo. Por ello, la estrategia había cambiado
y estaban muy orgullosos de su evolución como pueblo en aras de una mayor
inteligencia. Así mucha investigación, preparación y olvido habían servido para
elaborar y conseguir algo que muchos pueblos habían olvidado en el transcurso
de los últimos milenios: “el Rayo
Paralizante”. Absolutamente inofensivo para todo tipo de edificios e
instalaciones de la ciudad pero que producía en el organismo humano algo tan
esencial como la paralización de todo el cuerpo, pero no del cerebro y la
mente. Quería que vieran como la ciudad era conquistada sin que un solo músculo
de los cuerpos de los habitantes de Aura pudieran hacer nada, así comenzaría el
verdadero dominio mental de este pueblo. También daría tiempo a insertar en los
cuerpos un dispositivo electrónico capaz de controlar sus movimientos y así
informarles su exacta localización. Mientras durase la parálisis corporal
(aproximadamente dos horas), sonarían instrucciones precisas sobre las nuevas
normas que imperarían en todos los pueblos conquistados. Se darían cuenta de
quien era realmente el conquistador y las pocas esperanzas que había de escape.
Lo tenía todo
planeado, muy bien planeado.
En el fuero
interno del jefe de los Guakis, Verdi, el orgullo de su pueblo, conquistador e
inteligente, era la motivación más evidente y eficaz para que el resto de su
gente lo siguiera en cualquier empresa que propusiese. Miles de años de repudio
por parte de otros pueblos del Universo Conocido iban a terminar de una vez y
para siempre. La nueva forma de dominio había convencido a todo el pueblo Guaki
como la forma ideal para olvidar las humillaciones anteriores, humillaciones
tan viejas como su propia historia como pueblo. Estaba claro que someterían a
sus conquistados de forma bien diferente como lo habían intentado sus
antepasados.
Sometimiento
psicológico basado en la humillación constante y en la destrucción de los
valores e ideas que habían hecho de la ciudad-estado Aura y sus influencias en
otros pueblos, la más grande civilización hasta ahora conocida. Había algo que
Verdi no podía tolerar, algo que hacía mella en su interior y su orgullo, “el
dominio de las mujeres amazonas durante centurias y su sabiduría para que los
pueblos circundantes y lejanos las considerasen como ejemplos a seguir”. Él no
pensaba que las mujeres fueran inferiores o superiores, hacía mucho que
guerreaban con él grandes mujeres de su pueblo, la segunda al mando era una
mujer: Enma. No, no se trataba de ello, sino de la envidia que le proporcionaba
que solo mujeres fueran capaces de conseguir un prestigio más allá de la Tierra
y pudieran establecer unos códigos de honor, moral, inteligencia..., que él
quería conseguir, claro está que de otra forma. La vanidad de su pueblo era lo
que en realidad le empujaba a ser “mucho más que el pueblo regentado por una
mujer, una Reina, cuya fama traspasaba el orbe”.
Reflexiones
que Verdi efectuaba poco antes de la reunión de urgencia que había convocado
Viscon. Hacia él estaban ahora dirigidos sus pensamientos.
El ejército
de Viscon se ocuparía del ataque terrestre, atacando a la ciudad por varios
frentes. El mismo Viscon mandaría al grueso de sus hombres, Anatolia, su
lugarteniente, atacaría por el flanco sur. Verdi se encargaría del ataque
aéreo, manejando la parte central desde su puesto de mando. Desde allí había
engranado toda una orquesta capaz de seguir sus órdenes con la precisión de la
rotación de los planetas. Enma, su segunda de a bordo comandaría una pequeña
pero muy eficaz flota, que serviría de avanzada cuando los cuerpos estuvieran
paralizados.
El primer
ataque sería de Viscon para que los mandos de la ciudad se confiaran y no
reparasen en lo que se le venía, nunca mejor dicho, encima. Verdi tendría el
tiempo necesario para hacer saltar rápidamente a su nave nodriza y sus dos
cruceros de guerra que había ocultado tras la parte no visible de Marte.
La
ciudad-estado no tendría escapatoria posible. Sería un ataque que no esperaba
el ejército de la ciudad. La falsa información transmitida por Anatolia de que
sólo sería un ataque de Viscon y por tierra haría que la estrategia de simple
defensa que a todas luces había preparado la Dama Primera fuera insuficiente
para repeler el doble ataque que habría, el segundo sería por aire y desde allí
provendría el invasor real. Estaba seguro que no había habido ninguna
filtración en las dirigentes de Aura. Pero tampoco quería menospreciar la
inteligencia de la Reina y la Dama Primera.
Verdi tenía
otros planes para el ejército de Viscon, pero eso sería bastante después. Haría
que la confianza de Viscon fuera irrefutable. Luego vendría la segunda etapa de
su plan.
***
Cerca de la
ciudad pero suficientemente lejanos se encontraba Viscon y su ejército. En su
campamento todo estaba preparado, pero él tenía en mente muchas cosas y
reflexionaba con ojos duros, pero a la vez brillantes, con esa chispa que da la
proximidad de la batalla.
Su obsesión
era Genix, la Reina de Aura, la toda respetada y gloriosa Reina, cuya fama
había traspasado todo el orbe terrestre, llegando hasta los pocos planetas que
formaban los mundos conocidos después del Gran Desastre. La haría su esposa,
Genix engendraría el hijo que dominaría la Nueva Tierra y él se nombraría a sí
mismo Emperador de las Tierras Conocidas.
Sabía de la
fuerza de los Guakis, por esa razón había llegado a un acuerdo con ellos: Verdi
sería dueño y señor de los planetas exteriores del Sistema Solar y podría
colonizar de nuevo Marte, el planeta Rojo.
Mientras
tanto Genix, la Dama Primera, Dax y la Comerciante, junto con jefas amazonas de
diversos lugares limítrofes y de tierras libres, así como pueblos regentados
por hombres y mujeres de prestigioso honor, aliados por centurias de las
amazonas, se reunían bajo máximo secreto. Se tenían que adelantar a las
maniobras de los Guakis y de Viscon. Anatolia había huido con la información de
que la ciudad se preparaba para la defensa pero poco se podían imaginar que
iban a atacar y de una forma muy sutil.
Genix y la
Dama Primera estaban reunidas esperando la llegada de la Comerciante y de Dax
que habían ido a investigar los últimos movimientos terrestres y espaciales de
los invasores. El ataque aéreo se produciría desde Marte. Allí, la nave nodriza
de los Guakis estaría esperando el comienzo de la batalla. Esto lo habían
deducido de la información recogida en la nave nodriza en la misión que Ige y
la Comerciante habían realizado.
Básicamente
la defensa de la ciudad vendría determinada por detener el rayo paralizante. No
sería difícil pues tenían la tecnología necesaria para ello. Tecnología
proveniente de sus ancestros que había sido guardada en origen y que era
utilizada sólo cuando fuera necesaria. Había llegado el momento. Una vez
anulados los efectos del haz electromagnético paralizante, la verdadera batalla
se libraría en tierra y no habría armas. Sería como en las últimas centurias:
espadas y caballos, dagas y sables. Armas que hacían daño en los cuerpos
humanos pero no en el ecosistema. Ahí se vería la habilidad de las amazonas y
caballeros que se habían aliado para mantener la libertad de sus pueblos.
Bien, a mí se
me dio una nueva misión: volver a la nave nodriza de los Guakis, ganarme su
confianza durante un par de horas. Dejar un dispositivo en sus bodegas que
sería capaz de emitir las ondas necesarias para anular todo sistema tecnológico
de los Guakis. ¿Cómo? -me pregunté-. Ige y Dax me respondieron a la par:
Fácilmente.
¿No te han pedido los Guakis una mercancía de última hora?
Sí
-respondí-. No son expresamente provisiones sino algo que no es normal...
¡VESTIDOS DE FIESTA! -exclamé-. No le había dado importancia, pero ahora que lo
decís, si he recibido un mensaje en la última semana apremiándome a que les
proporcione ese material. Ahora entiendo -apostillé-. Vestidos de fiestas para
celebrar su victoria que consideran segura.
Bien, emitiré
un mensaje en el que diré que iré dentro de dos días, coincidirá con el mismo
día del ataque y lanzamiento del rayo paralizante. Espero que no digan que no.
Trataré de que me crean el no haber podido hacerlo antes. Quizás no les quede
otro remedio que aceptar ya que una negativa ante su insistencia podría hacer
que fuera algo sospechoso el decir que no.
Ige y Dax
asintieron con la cabeza y casi me aplauden tras mi discurso y discurrir.
Bueno, me tocaba a mí bailar con algo feo y bastante peligroso. Eso pude ver en
las miradas de mis tres amigas. Pero también sabía que ese papel me iba como
anillo al dedo. Lo demás no importaba, sólo que la ciudad y sus aliados, el
Mundo Libre en definitiva no cayera en manos de unos dictadores que no solo
querían conquistar nuestras tierras y enseres sino nuestros cerebros. ¿A eso le
llamaban ellos su nueva inteligencia? El lado oscuro de la humanidad volvía a
querer ganar, de nuevo la barbarie, el odio, donde el rencor se convertía en
maldad.
Pero esta vez
la humanidad libre y la Fuerza del Universo estaban preparadas.
El Ojo del
Universo siempre en celo, vigilaba eternamente los acontecimientos de este
lugar minúsculo de la Galaxia. No pensaba, ya lo había previsto todo con mucha
antelación. En el momento oportuno, después de que el rayo paralizante fuera
anulado, invalidaría todo dispositivo técnico existente. Nada, por pequeño que
fuera, que tuviera algo de tecnología o que funcionara por impulsos
convencionales podría funcionar. El Ojo de Universo no se estaba refiriendo a
la energía proveniente del cerebro y del alma de los humanos, sino de su
tecnología. Ya lo había hecho una vez, inutilizar todo tipo de dispositivo
destructivo. La Tierra y su influencia habían estado a punto de perecer. Pero
la Tierra era una encrucijada de enorme importancia en la evolución interna del
Universo.
Solo la
fuerza y destreza física, espadas, cuchillos, lanzas, caballos, mujeres,
hombres y animales, sólo ellos serían los protagonistas. El medioevo volvería
una vez más a este planeta que el Gran Ojo del Universo, a veces, pensaba que
no le tenían que haber puesto Planeta Luz. Pero, la Gran Fuerza del Universo,
no de esa Galaxia, sino la que comandaba todo el Universo, sabía más que él, y
tenía la certeza que por algo se llamaba el Planeta Luz.
***
Durante el
día anterior a mi partida, hubo una comida de hermandad entre todos los
defensores de la civilización libre, jefes y jefas unidos hacia un solo bien común:
la libertad de la raza humana. Comida que a la vez sirvió para unificar
criterios de última hora aunque la defensa ya estaba prevista.
No dudé ni un
solo momento en que mi misión tendría un éxito seguro. Lo único que faltaba en
mi vida era el amor que profesaba hacia Ige y ella hacia mí. Esa compenetración
hizo que mi ser tomara absoluta convicción de mi evolución total y definitiva.
Si yo era un guardián más de la sabiduría, no podía ser de otra manera que la
misión se llevara de forma inteligente y precisa.
Genix nos
avisó que cenáramos con ella esa noche, una noche más las cuatro estaríamos
reunidas en torno a una mesa, algo que se había convertido en habitual en los
últimos tres meses.
Ige y Dax
venían de un último escarceo con las tropas. Genix y yo habíamos tenido una
reunión técnica dentro de mi nave. Todo estaba dispuesto y el dispositivo
anti-rayo paralizante se encontraba a bordo.
Bien, todo
está ultimado, la suerte está echada-. Dijo Genix nada más sentarnos en la
mesa. Prosiguió: -esta última reunión es para desearos suerte a todas, en
especial a ti, Comerciante. Tienes una misión imposible de calificar, altamente
sencilla y con la dificultad que ello conlleva, vas a estar “dentro” del
cuartel general de tus enemigos.
No me
preocupa. Ya lo sabes. –Apostillé-. Tengo bastante experiencia en meterme en
camisa de once varas (en lugares difíciles). Lo haré bien. Todo está concretado
y no hay marcha atrás.
Ige me miró
con facciones preocupadas, la tensión se reflejaba en su rostro un poco desmejorado
en los últimos días. Sé que no quería dejarme sola, pero era una cuestión sin
la cual la misión no tendría éxito.
Sus ojos me
expresaban todo el amor que no era capaz de decir con palabras. Sus manos
unidas a las mías me transmitían todo el apoyo que yo necesitaba. Y no
necesitaba más.
Vosotras vais
a estar en un peligro mucho mayor que el que pueda llegar a estar yo. Como
mucho me van a coger prisionera, pero seré bocado a no probar puesto que pueden
utilizarme de rehén. En cambio, ustedes tres estarán en el fragor de la
batalla, sujetas a un maldito golpe que puede atravesar su corazón o cortar sus
cabezas. Prométanme que se cuidaran. Son muy valiosas para el futuro de esta
civilización. Este planeta las necesita. -Hice este pequeño discurso para
tranquilizar a mis tres amores-.
Ojos duros y
tiernos a la vez me miraron, comprendieron mis palabras.
Bien no vamos
a hablar más del tema. Ahora comamos y bebamos brindando por una victoria que
esta asegurada gracias a las/los Guardianes de la Sabiduría y bajo el Ojo
Escrutador del Universo. La Fuerza nos guiaría en esta nueva misión. Sabéis que
no ha sido la única ni será la última. -Concluyó Genix-.
Poco a poco
la conversación derivó en Aoraki, la yegua más mimada de la Tierra, y
recuerdos, no tan distantes en el tiempo vinieron a nuestras bocas. Sonrisas, y
luego una despedida. Dax se fue con Genix hacia sus aposentos. Ige me llevó una
vez más hacia la montaña, casi estaba anocheciendo pero quería que viéramos las
estrellas juntas, arrimadas la una a la otra, unidas en el alma, esas estrellas
hacia las que dentro de unas horas me encaminaría.
La verdad
sólo tiene un camino. La fuerza bruta se termina agotando con los eones de
milenios de lucha infructuosa, sangre derramada de forma delirante por el
género humano, odios chamuscados en los confines de la historia. Recuerdos que
volvían una y otra vez, el fragor de la batalla de humano contra humano. El
círculo de odio iba a tener que terminar de una vez y cómo milenios antes
alguien dijo: “El círculo del odio sólo puede terminar con el círculo del
amor.”
Viejas
historias de heroínas y héroes vinieron a mi mente esa noche, frases que
calmaron mi corazón en muchas ocasiones, esperanzas de mujeres y hombres que
habían hecho historia con su esfuerzo por mantener la paz y hacer el bien en la
Tierra. La vida sobre la Tierra tenía que continuar en Paz, ese era el Bien
Supremo. La realidad que era querida por la Fuerza del Universo. Muchas cosas
me preguntaba no solo yo, sino también Dax, Genix e Ige. Pero la Fuerza del
Universo también se preguntaba sobre el caminar infinito de sus hijas e hijos
predilectos. Y se preguntaba si había hecho bien al crearlos y darles la
esencia de la evolución.
***
¿Verdi?-
Pregunté.
Acababa de
abrir mi comunicación con la nave nodriza de los Guakis. Estaba próxima a ellos
pero a la vez lejos y distante. Me habían citado en un punto determinado entre
la Tierra y Marte. Allí esperaba la decisión de los Guakis.
Soy Verdi.
Comerciante ¿has traído la mercancía que te pedí?
Si,
respondí-. Todos mis sentidos estaban alerta, tratando de captar cada posible
pista que me diera la más mínima información.
Llegará uno
de mis pequeños cargueros a recoger la mercancía y se te pagará. Continua ahí,
en menos de una hora estará. Prepara todo para el acoplamiento entre las naves.
Efectivamente
en menos de una hora estaba allí. Mis planes de entrar en la nave nodriza se
esfumaron más deprisa de lo que habían sido elaborados. Me quedé ciertamente
inmóvil, sin saber como reaccionar y no podía comunicarme con mi gente. Pero
quizás el Ojo del Universo en su infinita Sabiduría me iba a ayudar, quizás a
un precio que nadie había pensado.
Se cargó la
mercancía, se me pagó. Y cuando mi mente pensaba que se iban y yo no podría
introducir en la nave nodriza el dispositivo anti-rayo, algo tan rápido como
una simple palabra hizo que las esperanzas de llegar hasta la nave nodriza
volvieran más rápido de cómo se habían ido. Comerciante, -dijo uno de los
soldados-jefes-, ven con nosotros, nuestro Comandante en jefe, Verdi desea
charlar contigo y te invita a una comida muy especial.
¿Y mi nave?
-pregunté cuando me hacían ademanes de que fuera hacia dentro del carguero.
Entra en el
carguero, desacoplaremos pero arrastraremos a tu nave con nosotros-. No me
dieron ninguna explicación de porque tanto sigilo y del porque no podía haber
ido directamente hacia la nave nodriza. Yo tampoco pregunté.
Poco tiempo
después me encontraba en un aposento muy pequeño y vigilado esperando ser
recibida por Verdi. Habían consentido que llevará una pequeña mochila con la
ropa que en “teoría” debería ponerme para la suntuosa comida a que había sido
invitada.
El
dispositivo anti-rayo estaba dentro de mí, tan dentro que nadie podría
sospechar que fuera algo capaz de hacer que los planes de paralizar a los
habitantes de Aura se fueran al traste. Eso era lo único de lo que estaba
segura. ¿Cómo buscar el sitio idóneo donde poner el dispositivo? Eso vendría de
la intuición que siempre había hecho de mí una superviviente.
Una
superviviente que ahora mismo tenía un problema que le costaba resolver. A
veces la inseguridad que me había perseguido durante la mayor parte de mi vida
volvía a salir. Ahora estaba a punto de suceder pero trataba con todas mis
fuerzas de cambiar las ideas de mi cabeza, de transmutar aquella negatividad
que tanto daño me hizo y que parecía que volvía a presentarse en mi vida cuando
no había sido invitada.
El
dispositivo anti-rayo era minúsculo. Se había pensado mucho donde se podría
ocultar para asegurar que ante cualquier imprevisto no fuera detectado.
Evidentemente la tecnología del dispositivo era superior a la de los Guakis y
de un material que nadie conocía, un material solo conocido por los Guardianes
de la Sabiduría. El mejor lugar en el que podría ponerse era donde pensé: hacer
una pequeña incisión en la lengua, ahuecar, rellenar y soldar. Era un lugar
húmedo y bastante seguro. Sólo tenía que acoplarlo en el vientre de la nave,
ahí donde se encontraban los artilugios finamente diseñados y probados que se
dirigían directamente a la frecuencia del rayo paralizante. Información que
conseguimos en nuestra anterior visita a la nave nodriza. ¿Cómo llegaría allí
si estaba o iba a estar vigilada? Quedaba poco tiempo para que se emitiera el
haz paralizante.
Tendría que
esperar el momento oportuno, pero solo quedaban unas horas. En esos momentos
era la hora de la cena, el próximo mediodía era el momento indicado. Esa misma
madrugada las tropas de Viscon comenzarían a acercarse hacia la ciudad de Aura.
Ya no habría marcha atrás.
Mil dudas
comenzaban a avasallarme en mi interior, mil situaciones difíciles volvían a
silenciar mi estado de ánimo, el color negro se hizo cargo de mi alma. Mi
espíritu estaba a punto de sucumbir. Fue en ese momento cuando me llamaron a
cenar.