Era
una tarde como cualquier otra de esta cuidad, sin embargo para Verónica no era
tan común, pues en los últimos años se había empezado a sentir deferente, se
había dado cuenta de que le atraían más las mujeres que los hombres, de hecho
no sentía casi ninguna atracción hacia ellos, sin embargo, habían tardes como
esta que la desesperaban, ya que sus sentimientos y la moral que absurdamente
se había impuesto en la sociedad se enfrentaban en una guerra sin cuartel, que
lo único que ocasionaban en ella era deprimirla, porque aún no podía aceptarse
como lesbiana.
Tenía
19 años, era delgada de
Esa
tarde había decidido ir a tomar un café en un bar cerca de su universidad,
ninguna de sus amigas, con quien solía ir allí, estaban libres, así que fue
sola. Se sentó en una mesa un tanto
alejada del resto, al fondo del lugar y pidió un café con tequila, que era su
favorito.
Allí
estaba, absorta en sus pensamientos y sentimientos contrariados, que no notó
que Elena, una joven mesera del café, se había sentado frente a ella.
-
¡Hey!, ¿estás ahí?
-
Si, perdón, disculpa - atinó a contestar
Verónica un tanto sorprendida.
-
Disculpa, no quise asustarte, es que te vi aquí sola y bueno…
-
No te disculpes, por favor, no me vendría mal compañía en este momento.
Verónica
no supo que le pasó, pero al mirar directamente esos dulces ojos miel, una
corriente eléctrica invadió su cuerpo entero, erizando su piel. Lo que ella no podía imaginar, era que Elena,
quien era una lesbiana declarada, había sentido lo mismo desde la primera vez
que vio a Verónica entra con un grupo de amigas al café unos meses antes.
-
Sabes, siempre que vienes aquí suelos hacerlo con tus amigas, ahora estas sola -
dijo Elena.
-
Pues, pues así es - respondió Verónica un poco molesta por aquel comentario -
es lo que hoy ninguna estaba libre y bueno necesitaba pensar un poco.
-
Hmmm, eso paree líos de amores - dijo pícara.
-
Si, algo parecido - inquirió verónica mucho mas seria porque la impertinencia
de aquella mujer la tenía desconcertada.
-
Yo terminé con mi pareja hace como tres meses - continuó Elena sin importarle
la actitud que su clienta había tomado, aunque su tono esta vez fue triste -
ella y yo no nos entendíamos, el amor se nos agotó.
-
¿Ella? - exclamó Verónica sorprendida.
-
Si ella, ¿por qué?, ¿tienes algún problema con eso?
Verónica
se levantó rápidamente, tomó sus cosas y salió del local sin mirar atrás. Sentía como se le subían los colores al
rostro y como todos la observaban y juzgaban, aunque en realidad a nadie había
escuchado nada y menos aún le importaba.
Cuando llegó a su casa a duras penas saludó a su madre y en seguida se
encerró en su cuarto a meditar lo que había sucedido. Su corazón palpitaba acelerado y su mente
solo revocaba la palabra “ella”, no entendía por qué había salido corriendo del sitio de esa
manera, dejando a aquella chica, de quien no sabía ni si quiera su nombre, sola
y seguramente molesta, puse siempre se había llenado la boca de que las
personas gay debían tener la misma aceptación como cualquier otra persona, pero
el hecho de tener una mujer tan hermosa frente a ella, y que encima más la
había hecho sentir aquel cosquilleo que solo se siente cuando una atracción muy
fuerte nos invade, la llenó de nerviosismo, mismo no que no pudo soportar
cuando ella se declaraba como lesbiana.
Pasó
casi un mes evitando entrar en el café, pero un viernes en que se reunió con
sus amigas para tomar algo, fue inevitable evadir el sitio, pues se la acabaron
las excusas para no ir. Al entrar lo
primero que hizo fue buscar con la mirada a aquella mesera, pero no logró
encontrarla. Se sentaron en una mesa,
tomando unas cervezas y platicando de todo y de nada al mismo tiempo, cosa que
hacía de aquellas reuniones realmente agradables, sin embargo, Verónica estaba
alejada de todo. De pronto la vio y
sintió una emoción indescriptible y muy notoria, tanto que sus amigas le
preguntaron que a qué “papacito” había visto, todas rieron.
Elena
atendió su mesa, pero ignoró por completo a Verónica, quien ante tal actitud se
entristeció mucho y disculpándose con sus amigas, se retiró.
Al
día siguiente, dejando su enorme orgullo de lado, Verónica volvió al bar para
disculparse, al llegar el café estaba lleno y Elena parecía ocupada, así que se
sentó en la barra a esperar el momento apropiado para acercarse a ella, aunque
no sabía como hacerlo. Luego de unos minutos
fue Elena quien se acercó.
-
Vaya, pero si es la homofóbica - inquirió sarcásticamente.
-
Bueno si, pero… lo que quiero decir es…
-
Si, si, que lo sientes mucho y que no quisiste ser tan grosera y que te parezco
muy atractiva y que en realidad quisieras estar conmigo…
Verónica
se quedó totalmente sin habla, esta chica era totalmente descarada, pensó.
-
Vamos, tranquila mujer, estoy solo bromeando - dijo Elena al ver la
perturbación de Verónica - más bien discúlpame a mí, a veces olvido que las
personas no viven en mi mundo y bueno se me salen cosas que no debo decir y…
-
No te preocupes - agregó Verónica tomando la mando de Elena aún sorprendiéndose
de su reacción - en realidad tu comentario me cogió en bajada y no supe como
reaccionar, pero en fin, quisiera conversar contigo algún momento, si es que no
estás muy ocupada. Por cierto soy
Verónica.
-
Bueno, la verdad es que como podrás ver hoy es un día muy agitado, pero seguro
se te pasas el lunes podemos ir a almorzar.
Yo soy Elena.
Verónica
esperó mucho la llegada del lunes, no podía casi dormir, pues apenas cerraba
los ojos, evocaba la imagen de aquella mujer, su cara perfecta, esa cintura
delgada y bien formada, sus pompas hermosas y sus tiernos senos que se
dibujaban cual soberbias montañas aprisionadas en una cárcel, pero sobre todo
imagina sus hermosos ojos y esa pícara sonrisa que siempre la acompañaba.
Había
observado el deseo con el que los hombres la observaban, y ella la imaginaba en
sus brazos, teniéndola solo para ella.
Llegado
el día, Verónica busca la ropa más sexy que tenía, no aceptaba aún lo que
estaba sintiendo, pero quería verse realmente hermosa. Al llegar encontró a Elena fuera del bar, la
estaba esperando; al verla, Elena le lanzó un cumplido que hizo sonrojar a
Verónica, y luego ambas fueron a un restaurante bastante discreto y muy
acogedor, que sin embargo tenía un aire diferente, pues la mayor parte de la
gente allí eran mujeres y casi todas estaban en pareja. Verónica nunca creyó que sitios como aquel
pudieran existir en un país tan moralista como el suyo.
Tomaron
una mesa y ordenaron. Elena al ver lo
incómodo que Verónica estaba con el ambiente, le explicó que si deseaba podían
retirarse, pero Verónica no quiso, ya que aún estaba tratando de demostrar que
era de mente abierta.
-
Bueno, me contabas que estabas en problemas amorosos - dijo Elena para distraer
un tanto a Verónica.
-
Si, en realidad ese día había terminado con mi novio y estaba muy mal - mintió.
-
Hmmm… eres heterosexual según veo.
-
Si - dijo Verónica muy seria - a mi me gustan los hombres.
-
Pues no tienes que aclarármelo - dijo Elena sonriente - no estoy atrás tuyo.
Verónica
rió mucho, aunque en realidad estaba decepcionada, de todas maneras de ahí en
adelante la conversación se desarrolló con mucha más soltura y tranquilidad y
desde entonces empezaron a formar una linda amistad.
Pasaron
algunos meses en los que Verónica iba regularmente a ver a Elena, y de vez en
cuando iban a comer al mismo restaurante de la primera vez. Verónica se había convencido de que lo que
sentía por Elena era tan solo un inmenso amor fraternal, así que de a poco fue
eliminando su barrera y dejando que Elena entrara en su corazón.
En
todo este tiempo Elena no había hecho ninguna artimaña para acercarse
obviamente a Verónica, solo hacía movimientos imperceptibles, que hacía parecer
como accidentales, como una rozadura de sus pechos, una nalgada cuando se
sentía picarona, un roce de piernas o una caricia en sus manos o rostro, que
Verónica interpretaba como meros cariños de buenas amigas.
Una
tarde mientras conversaban, Elena le dijo en son de broma que si ella fuese
lesb, se casaría sin pensarlo. Ambas
rieron, pero en Verónica se encendió un fuego que creía apagado o por lo menos
controlado, y sus sentimientos contrariados volvieron aparecer. Sabía que tenía una mujer extraordinaria,
inteligente y bella, con quien podría tener la relación que había deseado
siempre cuando lograba superar su pudor, pero aún así seguía sin aceptarlo, así
que su relación siguió igual por un largo tiempo más, hasta que fue ella quien
no aguantó más tenerla tan solo como amiga, así que una noche, en sus padres
habían salido de viaje, decidió invitar a Elena a cenar, con el pretexto de
celebrar el fin de semestre. Preparó una
deliciosa comida a pesar de no ser una cocinera dotada y preparó para que todo
fuese perfecto.
-
Vaya, si no supiera que te gustan los hombres, diría que estás tratando de
seducirme - dijo Elena que por fin había logrado que Verónica empezara aceptar
su verdadera tendencia.
Verónica
sonrió nerviosa, pero empezó a servir, comieron tranquilamente, nada fuera de
lo común, tanto, que hasta Elena estaba perdiendo la esperanza de que esa
pudiese ser su noche.
Al
terminar, Elena empezó a levantar la vajilla, la estaba lavando cuando sintió
unas suaves manos que se posaban en sus caderas por detrás.
-
No se qué me pasa, las últimas semanas, en realidad desde que te conozco o he
podido dejar de pensar en ti, me atraes mucho y…
Elena
dio media vuelta quedando justo en frente de Verónica.
-
Lo se mi vida, siempre lo supe, solo estaba esperando que tu lo aceptaras, te
amo chiquita - y tomando del rostro de Verónica la besó muy tiernamente.
Verónica
estaba emocionada, pero no sabía como actuar, así que no respondió el
beso. Entonces, Elena se separó, se disculpó
e hizo el ademán de retirar, pero Verónica la tomó por el brazo y la acercó a
ella nuevamente, y esta vez fue ella quien la besó, pero con mucha pasión, sus
lenguas se entrelazaban buscado la boca de la otra.
Empezaron
a acariciarse mutuamente, pero Elena había esperado demasiado tiempo como para
no mostrarle a su amada lo placentero del amor lésbico. Se separaron y tomándola de la mano la
condujo hasta su habitación, una vez dentro, Elena empezó a besar su cuello y
orejas, mientras desabotonaba la blusa de Verónica, la retiró y desabotonando
su sostén la besó sus pezones y pasó su lengua por su vientre. Verónica se dejaba hacer, esta en la gloria,
con la mujer que más amaba en este mundo.
Elena la depositó en la cama y allí quitó sus jeans. Palpó por sobre la tanga y comprobó la
humedad latente de su amor, arrancándole un gemido que había estado atrapado en
sus labios desde hace tiempo.
Luego
se levantó y empezó a desnudarse, muy sensualmente, prenda por prenda iba
tirándola al piso. Verónica la observaba
idiotizada, Elena estaba más hermosa que nunca, tenía un cuerpo perfecto, ella
toda era perfecta.
Verónica
quiso levantarse para besar ese cuerpo, pero Elena no la dejó.
-
Shhh… déjame primero linda.
La
volvió a acostar y se tendió ella encima, la besó en los labios y luego empezó
a bajar besando su quijada, el cuello, los hombros, deteniéndose en sus pechos
para saborearlos y hacer su camino hasta su lugar más íntimo. Lamió su vientre, metió su lengua en su
obligo y lamió sus muslos, dándole besitos tiernos cada vez en cuando. Verónica gemía cada vez más fuerte y ese le
encantaba a Elena, que tenía un aliciente extra para seguir con su trabajo.
Cuando
besó su vagina, Verónica no pudo controlar sus ya ahora gritos. Elena comenzó a succionar más y más fuerte su
clítoris y cuando sintió que estaba a punto de su primer orgasmo, introdujo dos
dedos en su interior y los empezó a mover a su ritmo, hasta que Verónica se
vino con grandes espasmos que duró unos minutos. Elena no quitó sus dedos hasta que las
contracciones pararon y la respiración se calmó un poco, luego subió, besando
todo lo que estaba en su camino hasta llegar su boca, y le obsequió otro beso
más.
-
Te amo preciosa, te amo desde que te vi entrar en el café con tus amigas, y te
amaré toda la vida, si tú me lo permites.
-
Yo también te amo mi vida, me costó mucho aceptarlo para ya vez, lo logré.
Se
quedaron así durante unos minutos más, solo acariciándose y besándose, hasta
que Verónica se incorporó y se colocó sobre Elena.
-
Tú no te libras, quiero devolverte el placer que acabas de darme
Imitando
los movimientos de Elena, dada su baja experiencia en estos aspectos, besó el
cuello y lamió sus senos, haciendo circulitos con su lengua. Mientras hacía esto bajó su mano al coño
depilado de Elena para comprobar su excitación.
-
mmmm, parece que ese fuego que tienes debe ser aplacado cuanto antes.
Y
soltando una pícara mirada, que Elena jamás había visto en Verónica, se dirigió
a su vulva, besó sus labios como si fueran una boca y luego empezó a penetrarla
con su lengua, mientras tocaba su botoncito.
Toda
esta mezcla de placeres llevaron a Elena a un orgasmo casi inmediato y al que
el de Verónica, muy largo, sin embargo, Verónica no quería esto terminado, así
que tomó el clítoris de Elena entre sus labios y lo succionó hasta lograr que
ella alcanzara otro orgasmo igual de intenso al anterior. Subió luego hasta colocarse a un lado de Elena
y la besó en su frente abrazándola.
-
Esta vez no te dejaré partir mi vida, me costó mucho aceptarlo pero… Te amo
Elena.
Autora:
Verónica